INVASIÓN: Cuando las historias me encuentran

¿De dónde vienen las historias? ¿De mí? ¿De lo que miro? ¿O de lo que me mira? El origen está en todos esos lugares, pero lo cierto es que no las busco: ellas me encuentran.

Al acercarse, las presiento en el cuerpo. Primero son un cosquilleo en la mente al que no me resisto; lo dejo fluir hasta que se vuelve una corriente que me lanza imágenes y preguntas.

Entonces ocurre la invasión inevitable, esa obsesión que ya no puedo abandonar. Las historias comienzan a habitarme. Son una vibración, una certeza que me provoca incomodidad y fascinación al mismo tiempo, obligándome a detenerme en ellas. Todo se revela como un camino oscuro que, de pronto, se abre rendido ante un haz de luz.

Cuando las imágenes insisten en quedarse y las preguntas brotan como manantiales hasta encontrar sus propias respuestas, comprendo que la invasión se completó. Ya no hay otro rumbo: me entrego a lo que exigen. Las escribo y, cuando al fin lo hago, siento que algo se acomoda y me libera.

Cada palabra es un latido que inaugura existencia.

Las historias que me buscan saben que, cuando me susurran, las escucho. Y no las dejo ir hasta darles vida en páginas imborrables.

Así, sobrevivo a la invasión.


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