
Sentada en el patio, el cuaderno se le resbalaba del regazo, empapado de sudor.
Cada palabra que escribía se evaporaba antes de fijarse.
Hasta que la vio. Una figura estática tras el vidrio esmerilado del baño.
No golpeaba. No se movía. Solo estaba.
Parecía observarla, aunque no había ojos.
El vaho no venía del calor, sino de adentro. Del otro lado.
La mujer se irguió. Algo se desplazó tras el vidrio: articulaciones equivocadas, torcidas de manera imposible.
Un brazo se estiró, lento, hasta tocar la superficie.
Cinco dedos largos, huesudos, con uñas demasiado negras, como si rasgaran el aire.
La poesía se le murió en la lengua.
Una náusea le subió desde el pecho.
La figura ladeó la cabeza, como si escuchara. Como si la oliera.
Ella retrocedió, temblando; cada músculo del cuerpo en alerta.
El picaporte giró, con un chirrido que rasgó el silencio de la casa.
Y del otro lado, algo rió. Un sonido hueco y áspero, ajeno a todo lo humano, vibró en sus huesos. Luego, pronunció su nombre.

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