El sudor le empapaba la frente, pero bajo el ceibo la sombra era quieta.

Apoyó la birome contra el cuaderno. No escribía. Pensaba.

El calor chorreaba desde el cielo como plomo fundido.

Releyó la última frase: “Y así termina su historia”.

El árbol crujía cada tanto, como si respirara.

Recordó una carta que nunca envió. Un nombre que no decía hace años.

Se imaginó cayendo, no hacia abajo, sino hacia adentro.

Tachó la frase.

La reescribió: “Y así termina mi historia”.

Una brisa le rozó la nuca. Se estremeció.

Miró hacia arriba: la rama gruesa. El cinturón en la mochila.

Era un buen lugar para un final.

O para empezar de nuevo.

Escribió una sola palabra más.

Y respiró hondo.


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