El silencio de la casa era devastador. Patricio Álzaga Iraola bebía su café negro de cada mañana junto a su esposa Fátima. Temían cruzar sus miradas. Él, enfrascado en las noticias del diario matutino, apenas lograba enterarse de los nuevos impulsos del segundo Plan Quinquenal de Perón y de la muerte de Stalin.
Ella no pudo tocar su taza de té. A través del ventanal observó las últimas flores del verano. Los colores de las dalias competían con las rosas chinas. No entendía cómo podían florecer con tanta obstinación; aquella vitalidad le resultaba casi ofensiva.
Las voces del matrimonio callaban, con certeza dolorosa, lo que no podía nombrarse. Callaban el vacío.
Patricio continuó el día en su empresa. Tampoco quería estar allí. Desde hacía dos meses una incomodidad persistente lo acompañaba como una sombra. La felicidad y la esperanza dejaron de existir el día que murió su único hijo.
Cuando el sol comenzaba a desaparecer, Felicitas, su leal secretaria, entró en la oficina.
—Señor Álzaga, todos se retiraron. Solo quedamos nosotros. Es hora de irnos.
—Gracias, Felicitas… Tendremos que irnos.
Ese intercambio se había vuelto un ritual. Patricio parecía necesitarlo para decidir el regreso. Guardó papeles en su maletín de cuero negro, se colocó su sombrero Homburg de ala estrecha y salió con su habitual imagen de autoridad, aunque por dentro se sintiera quebrado.
Después de la cena se refugió en la biblioteca, envuelto en su bata de terciopelo burdeos. Eligió su sillón y encendió un habano Partagás, acompañado por una copa de coñac. Fátima dormía.
Vencido por el cansancio, supo que era tiempo de retirarse. Al ponerse de pie, vio su imagen reflejada en el espejo de la sala.
Se inquietó.
Sintió la mirada de alguien que no era exactamente él. Un rostro similar, pero ajeno. Había algo apenas desplazado, como si otra versión de sí mismo lo observara con una mezcla de reproche y piedad.
¿Acaso esa imagen le recriminaba algo?
Intentó convencerse de que era el cansancio. Sin embargo, no pudo sostener esa mirada. Se alejó de la biblioteca con una incomodidad nueva, más punzante que las anteriores.
Tres días después, era domingo de visitar a Federico.
Tomados de la mano, pero sin hablar, llegaron al Cementerio de la Recoleta. En el corazón de Buenos Aires, aquella ciudad de mármol y silencios parecía recordarles la fragilidad de toda certeza.
Caminaron por las angostas calles hasta la cripta de la familia Álzaga Iraola.
Los recibió el mármol frío, la puerta de hierro forjado y vidrio coronada por el escudo familiar, como si no solo resguardara un linaje sino también un mandato que pesaba sobre los vivos y los muertos.
Ingresaron llevando flores y un dolor que ya no encontraba lágrimas.
Fátima se adelantó. Con su mano temblorosa acarició la placa sellada.
“En memoria de nuestro amado hijo Federico Álzaga Iraola.
5 de enero 1931 – 8 de enero 1953.
Que su espíritu descanse en eterna serenidad.”
—Luz de mi vida, que el tiempo no borra ni el recuerdo desvanece. Que tu alma encuentre la paz que la vida no te dio… Mamá te amará para siempre…
La voz se quebró apenas, pero no hubo llanto. Las lágrimas se habían agotado.
Patricio observaba la escena con el pecho oprimido. Necesitaba salir de allí. Abrió la puerta y respiró.
Todavía sostenía el picaporte cuando volvió a verlo en el vidrio.
Ese otro.
La semejanza era exacta, pero los ojos no eran los suyos. En ellos había una ira contenida y un resentimiento que lo atravesaron.
¿Hacia quién estaba dirigida esa mirada?
¿Hacia él?
¿Hacia el padre que no quiso escuchar?
Quiso apartarse, pero no pudo. Permaneció cautivo de ese reflejo que parecía exigirle una respuesta.
Esa imagen desdibujada le trajo pensamientos que deseaba evitar. La discusión con su hijo. Aquel rechazo y su imposibilidad de callar.
No sabía si temblaba por el frío del mármol o por lo que esa visión insinuaba.
¿Qué era lo que veía? ¿Era real?
No resistía esa mirada acusadora, ese reflejo que parecía tener vida propia, como si ocultara algo que él debía comprender.
Los días siguientes transcurrieron espesos. No habló de lo ocurrido. Tampoco dejó de pensarlo. Fátima se movía por la casa como una sombra cuidadosa. Patricio evitaba los espejos, aunque no siempre lo lograba.
El martes, en la oficina, caminó hasta la ventana. La ciudad comenzaba a despedirse del sol. El vidrio le devolvió su imagen.
Esta vez no pudo engañarse.
El rostro que lo miraba estaba marcado por noches en vela y días sin aire. Por la culpa. De pronto, los rasgos comenzaron a alterarse. La imagen se desdibujó y dio paso al rostro de su hijo. Los ojos, serenos y devastados al mismo tiempo, se clavaron en él.
—¿Por qué no pude…? —balbuceó.
Intentó tocar el vidrio, como si pudiera borrar esa aparición. Sus dedos se toparon con la superficie fría y sólida.
La discusión regresó con una claridad implacable.
—Lo que me decís… ¡Es una desviación! ¿No te das cuenta de que eso es una perversión? No puedo creer que tengas esos gustos… es una deshonra. No puedo aceptarlo.
Recordó el temblor en la voz de su hijo. Recordó su propio tono, duro, definitivo.
—Te desprecio y te desconozco. Lo mejor sería que desaparecieras.
Las palabras, dichas en un arrebato de furia y orgullo herido, ahora volvían como un eco insoportable.
Se odiaba.
Entonces la visión cambió. Su rostro y el de su hijo se desvanecieron.
Primero apareció la soga.
Después, las vigas de roble.
Y el cuerpo oscilante de Federico.
Un sudor frío, con olor a cobre, le recorrió la nuca. Prisionero de aquella imagen, cerró los ojos, pero la escena persistía con una precisión insoportable.
Sintió que se rompía.
Felicitas entró para avisarle que era hora de retirarse. Patricio la sujetó del brazo y la llevó hasta la ventana.
—¿Lo ve? ¿Usted también lo ve? —gritó, jadeante—. Dígame que lo ve… Dígame que no estoy loco…
La secretaria, aterrada, solo negó con la cabeza.
Patricio sintió un clic metálico detrás de los ojos. Algo acababa de desajustarse para siempre. Miró sus propias manos sujetando a Felicitas casi sin reconocerlas. Comprendió la traición: su mente, acababa de dejarle la puerta abierta al abismo.
Soltó a la mujer y salió de la oficina.
Subió a su Adenauer, el Mercedes-Benz 300, y condujo hasta su casa con una urgencia ciega. No respondió al saludo de Fátima. Subió directamente a la habitación de Federico.
Al entrar, sus ojos buscaron las vigas.
El aire se volvió denso.
Caminó hasta el enorme espejo enmarcado en plata y se detuvo frente a él, como quien enfrenta un tribunal.
Su reflejo comenzó a moverse con un leve desfase. Detrás apareció la figura de su hijo. Las imágenes se superpusieron, fundiéndose en un solo rostro.
—Perdón… —susurró.
El reflejo permaneció indolente. No concedía absoluciones.
En la profundidad del cristal creyó ver un pozo oscuro. Sintió que, si permanecía allí un instante más, terminaría por caer en él. Intentó apartarse, pero la frontera entre su cuerpo y su reflejo se volvió imprecisa.
El espejo ya no devolvía una imagen.
La absorbía.
Se convirtió en una prisión.
Allí quedó sellada su locura.

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