I
Parada frente a la puerta de su edificio, revolvía su bolso con nerviosismo. Le urgía llegar, pero no encontraba las llaves. Le encantaban los bolsos grandes; sin embargo, cuando necesitaba hallar algo en la profundidad del desorden que transportaba, la situación se volvía compleja. Con la punta de los dedos rozó lo que resultó ser su tesoro extraviado y, lanzando un suspiro, abrió la puerta para dirigirse directo al ascensor. Apretó el botón del tercer piso. En el espejo descubrió el cansancio: ojeras marcadas, la mirada enrojecida. Sonrió al notar el desorden de sus rulos.
Entró en su departamento. Encendió las luces y fue directo al sillón del living. Dejó caer el bolso junto a ella, se quitó los zapatos y se desarmó sobre su paraíso de almohadones. Su día había sido demasiado largo: horas de oficina, trámites, reuniones con clientes y, como siempre, llegar tarde a todas partes.
Todavía tenía asuntos pendientes. Lo recordó al ver la pila de papeles sin archivar sobre la mesa. Se dijo que más tarde lo haría, aun sabiendo que llevaba tres días repitiéndose lo mismo. En la cocina preparó limonada con menta, jengibre y mucho hielo. Salió al balcón con la jarra y la copa. Se acomodó en la butaca de ratán. Desde hacía unos días repetía ese ritual.
Laura vivía en una calle tranquila, poco transitada y bastante oscura. Quizás por eso advirtió el pequeño destello anaranjado que, desde las sombras de la vereda de enfrente, se encendía en breves pulsos. Había alguien allí. Y fumaba. Al pasar, un auto lo iluminó: la mirada fija en su edificio, el cuerpo alto enfundado en una chaqueta oscura. Esa fue la primera vez que lo vio. Fue la primera de muchas.
Las noches siguientes transcurrieron igual. Laura esperaba al hombre que, agazapado entre sombras, fumaba y observaba. Al principio pensó que era una casualidad, pero la reiteración comenzó a inquietarla. ¿Por qué estaba siempre allí? ¿A quién miraba? Pronto entendió que no apartaba la vista del departamento de su vecina del cuarto piso. Alba era bella y siempre tenía admiradores en el barrio. ¿Sería ese hombre uno de ellos?
Laura se sorprendió espiándolo desde el balcón o escondida tras las cortinas. Varias veces pensó en decirle algo a su vecina, pero temía quedar como paranoica. También consideró llamar a la policía; no quería imaginar la vergüenza si resultaba ser solo un vecino que salía a fumar. Aun así, cada noche volvía al balcón.
Finalmente decidió enfrentarse a sus temores. Esperaría bajo las sombras y, cuando el hombre comenzara a marcharse, lo seguiría. Esa misma noche lo hizo. Con cada paso, el corazón le latía más rápido. De pronto, el hombre se detuvo en seco. No miró hacia atrás, pero algo en la rigidez de su postura hizo que Laura reaccionara y se refugiara detrás de un auto estacionado, agachándose hasta quedar fuera de su línea de visión. Desde allí lo observó de reojo: inmóvil, las manos en los bolsillos.
¿Estaba pensando en girarse? ¿La había visto? Contuvo la respiración. El silencio de la calle se volvió compacto. El aire frío le quemaba las mejillas. ¿Qué estaba haciendo? ¿Por qué lo seguía? Tal vez era un peligro, un acechador, y ella estaba entrando sola en su territorio. Permaneció quieta.
El hombre dio un paso y reanudó el camino sin mirar atrás. Laura esperó unos segundos antes de incorporarse, con el pulso latiéndole en las sienes. Respiró hondo, pero sus piernas siguieron avanzando. “Esto es una locura”, pensó cuando lo vio detenerse frente a un bar. Él abrió la puerta y entró. Laura lo observó desaparecer entre las luces cálidas del interior.
Lo siguió, aunque se detuvo frente a la vidriera. Él se sentó en la barra. Sin aviso, sus miradas se cruzaron. La frialdad en sus ojos la inmovilizó un segundo. Su expresión era inescrutable. Laura giró y comenzó a caminar de regreso. Avanzaba con la sensación de que algo la seguía, como una sombra pegada a su espalda.
¿La había estado observando a ella también?
Apretó el paso. Debía alertar a Alba.
II
La noche estaba agradable para caminar, y Alba lo agradeció. Cada día, al terminar de dar clases, elegía regresar a pie hasta su casa. A veces compartía parte del trayecto con algún colega; otras, incluso, con un grupo de alumnos. Era la profesora preferida de los estudiantes de los últimos años del Bachillerato y disfrutaba de serlo. Se sabía una docente buena y empática, aunque siempre necesitaba brillar un poco más, destacar de algún modo, y lo lograba.
Al llegar a su edificio, antes de subir al ascensor, se detuvo a revisar la pila de cartas en la mesita del palier. Encontró la factura de la luz y un sobre dirigido a ella, sin remitente. Se llevó ambos. Ya en su casa, con el té verde apenas edulcorado de cada final de jornada, se dispuso a leer la correspondencia.
Primero abrió la factura. Se indignó, como siempre, y la dejó a un lado. Tomó el segundo sobre y, tras comprobar una vez más que no había ningún dato del remitente, lo abrió. Dentro, una nota impresa sin firma decía:
“La luna te hace ver tan etérea… tan distante y perfecta. Sos el reflejo de algo más hermoso, algo eterno.”
Alba sonrió. Algún alumno enamoradizo, pensó. Ese año todavía no había sucedido; en otras ocasiones, sí. El texto estaba impreso y lamentó no poder reconocer la letra. Por el tono poético del anónimo, pensó en cuatro alumnos en particular.
Durante tres semanas recibió más cartas. Al principio le resultaron intrigantes, incluso halagadoras. Después empezaron a incomodarla.
Una noche, el silencio de la calle pareció más espeso que de costumbre. Alba apuró el paso. El eco de sus tacos marcaba el ritmo sobre el asfalto. Se giró de golpe. Nada: la calle vacía, algún auto a lo lejos. Retomó la marcha. A los pocos pasos volvió a mirar por encima del hombro.
Las cartas regresaron a su memoria. ¿Y si no era solo un juego? ¿Y si…? Sacudió la cabeza y siguió caminando.
Antes de llegar al edificio volvió a detenerse. Sintió el calor subirle por las mejillas y advirtió que había estado conteniendo la respiración. La calle seguía desierta. Una risa breve escapó de sus labios.
—¡Qué tonta! Ya te estás dejando llevar por tu imaginación —murmuró mientras abría la puerta y desaparecía tras el portal.
Sin embargo, al cerrar, tardó unos segundos en soltar el picaporte.
Ya en casa, su pulso tardó en acompasarse. Se obligó a pensar que todo había sido producto de su imaginación.
Al día siguiente recibió otra nota. Al abrirla, se le erizó la piel. Tuvo que leerla varias veces:
«El silencio puede decir tanto como las palabras, y el mío te observa cada día. Pronto te darás cuenta de quién soy realmente, aunque prefieras que no me acerque.»
Esta vez no sonrió. Permaneció quieta, con la hoja entre los dedos. Recordó la noche anterior, la sensación al caminar sola. Pensó en hacer una denuncia. La idea apareció y se desvaneció casi al instante. Nadie la había seguido. No había visto a nadie. No quería involucrar a sus alumnos por algo que todavía no sabía nombrar.
Todo cambió con la última carta. Llegó tres días después. La abrió de pie. Las manos le temblaron mientras leía:
“Ya no hay distancia que me impida estar con vos. La espera se termina; dejaré de ser solo una sombra. Imagino cómo será el último momento, el silencio y la música envolviéndote. No temas; haré que sea perfecto. Serás mía.”
Esta vez no hubo dudas. Dejó la hoja sobre la mesa y se quedó mirando un punto fijo, como si necesitara comprobar que la habitación seguía igual que antes. Decidió que al día siguiente radicaría la denuncia. No podía continuar así.
Esa misma tarde, al entrar a su departamento, vio otra nota bajo la puerta. Era de Laura, su vecina del tercer piso:
“Necesito hablar con vos, urgente. Vení esta noche a las 22:00 hs. Es importante que veas algo desde acá.”
Alba volvió a leerla.
III
El hombre se sintió atraído por Alba desde la primera vez que la vio. Caminaba junto a un grupo de adolescentes. Él estaba en plena búsqueda y le bastaron unos segundos de esa sonrisa para saber que necesitaba acercarse. Desde entonces la siguió. La observó a distancia. Una semana después empezó a escribirle. Con el paso de los días, ella empezó a ocuparlo todo.
Una noche, impulsado por esa urgencia y amparado en el anonimato, se le acercó en la calle. Le preguntó por una dirección. Ella, amable y luminosa, le indicó el camino. El deseo le tensó el cuerpo. Imaginó sus manos cerrándose alrededor de su cuello, apenas un instante, y se contuvo. No era el momento. Cuando la vio alejarse, llevó la mano al bolsillo casi sin pensarlo y rozó la cinta de seda negra que siempre llevaba consigo. La tela fría le devolvió la calma.
Todo avanzaba según su costumbre hasta que advirtió a la otra mujer, la del balcón. Lo había distinguido entre las sombras y persistía en mirarlo. Al principio le molestó. Luego empezó a resultarle interesante, una variación inesperada.
La situación lo entretenía, pero la noche anterior ella dio un paso más. Lo siguió. Torpe, aunque insinuante. Eso lo alteró. La condujo hasta un bar y allí provocó lo que quiso que pareciera un cruce casual de miradas. Observó cómo el miedo se instalaba en ella y sintió un placer preciso, concentrado.
No era lo mismo mirar que ser mirado.
En los ojos de ella algo le respondió.
Por primera vez vaciló. No sabía cuál de las dos reclamaba con mayor intensidad su atención.
Con esa inquietud girando en su interior, dejó que la noche decantara. A la mañana siguiente, al rozar la seda negra entre los dedos, supo que no necesitaba apresurarse. Sabía esperar. Durante el día repasó, con paciencia, lo que haría al anochecer. La excitación creció, lenta y constante.
Cuando oscureció, salió. Fue hasta el edificio. Sacó la llave que llevaba días guardada en la billetera y abrió la puerta. Subió por las escaleras. Allí esperaría. Cada escalón lo acercaba al inicio de su ritual.
IV
Alba miró la hora en el reloj de la pared de la cocina. Era momento de ir a ver a Laura. Salió de su casa y se dirigió a la escalera. Debía bajar un piso. El eco de sus pasos en la penumbra del pasillo vacío la hizo desacelerar; cada sonido parecía prolongarse más de lo habitual.
Descendió. Al llegar al tercer piso, avanzó por el palier hasta la puerta de su vecina. Había empezado como un susurro: alguien estaba allí. Una tensión sorda le recorrió la espalda. Se detuvo. El silencio era espeso. Apretó los puños antes de tocar el timbre.
Esperó. Nada. Golpeó con suavidad y, tras unos segundos, con más fuerza. Ninguna respuesta. Empujó la puerta entreabierta. El aire frío al cruzar el umbral le erizó la piel.
Una melodía suave llenaba el departamento. Reconoció la canción: era Blue Moon, en la voz de Elvis Presley. La música flotaba en el ambiente con una calma extraña.
Entró al salón. Sobre el sillón, Laura yacía inmóvil. Su rostro estaba quieto, ajeno a todo. Alrededor del cuello, una cinta de seda negra formaba un nudo perfecto. La tela devolvía un brillo tenue bajo la luz.
El aire estaba cargado de una fragancia penetrante. La reconoció: Poison. El aroma parecía adherido a las paredes.
Alba comprendió.
La cinta. La música. El perfume.
El nombre que repetían en televisión tomó forma en su mente.
El Lazo Nocturno.
El pulso se le desordenó. Intentó retroceder. El cuerpo no le respondió. Entonces sintió una respiración fría en la nuca. El aire se volvió denso. Una presencia se recortó detrás de ella, apenas un contorno en la sombra.
Quiso girarse.
No llegó a hacerlo.
En un movimiento brusco, él la sujetó y sofocó su grito. La oscuridad se cerró a su alrededor. Durante un segundo, comprendió que no había bajado un piso porque su vecina la esperara.
Había descendido hacia él.

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