Sabía que íbamos a morir esa noche. Lo supe desde el momento en que el papá de Florencia entró gritando como un loco.
—¡Están acá! ¡No hay tiempo! ¡Van a subir!
La madre, haciéndole caso sin perder ni un segundo, nos agarró de un brazo a Flor y a mí, casi como si pudiera levantarnos en el aire, y empezó a llevarnos a la fuerza por el pasillo del departamento, mientras nos gritaba sin parar:
—¡Se tienen que esconder! ¡Ya! ¡Rápido! ¡No hay tiempo!
Nos lo repetía sin prestar atención al ataque de susto que nos agarró a las dos. Yo no entendía nada. Florencia lloraba y preguntaba qué estaba pasando. La verdad es que yo también lloraba y le decía que me quería ir a mi casa, pero no nos escuchaba. Nos seguía arrastrando por ese pasillo que, encima, era más largo que cualquier otro pasillo por donde hubiera estado antes, incluso más largo que el de la casa de Silvita, donde a veces patinábamos. No llegábamos nunca a no sé dónde nos llevaba.
La madre no paraba de arrastrarnos y de hablar, pero ahora más bajito:
—Ay Dios mío… Se esconden y se quedan calladitas. No hagan ningún ruido. No las pueden ver. No se muevan.
Yo quería a mi mamá. Cuanto más la escuchaba, más quería a mi mamá.
El padre de Flor se puso a correr el mueble que estaba al lado de la puerta. Cuando entró gritando, fue derechito a empujarlo. Quizás así no iban a poder entrar. O, si eran fuertes, capaz entraban igual, pero por lo menos tardaban un cachito más.
Los padres de Flor tenían un susto bárbaro. ¿Cómo no nos íbamos a asustar nosotras? Yo no podía más del miedo. Me quería escapar, pero ¿adónde? Afuera estaban los que venían y, encima, Flor vivía en el sexto piso. No me iba a tirar ni loca.
Si hubiéramos estado en mi casa todo era más fácil, porque yo vivo en una casa bajita, con ventanas a la calle. Nos podíamos haber escapado por una y empezar a correr. Pero acá no se podía. Si nos tirábamos por el balcón nos íbamos a morir más rápido… o no, porque capaz teníamos la misma buena suerte del hijo del portero del edificio de la vuelta de casa, que el tarado se fue a jugar a la terraza y por hacerse el vivo, no sé qué pavada hizo y se cayó cinco pisos.
Se rompió todo. No tenía dientes, un ojo le quedó más alto y más cerradito que el otro, arrastraba una pierna y, encima, te miraba y se reía todo el tiempo porque la cara le había quedado dura, como riéndose. Seguro que cuando se cayó se estaba riendo y del golpe quedó así. Ahora hablaba raro. Me parece que quedó más tarado que antes. Pero no se murió. Igual, yo no me iba a tirar.
En mi casa hubiera sido mejor. En mi casa estaban mamá y papá.
Cuando el pasillo se terminó, la madre nos metió en la cocina y nos siguió arrastrando hasta la puerta de la habitación de Ramona, la señora que a veces se quedaba a dormir ahí, buscaba a Flor en el cole, limpiaba y planchaba. Por suerte para Ramona, esa noche no estaba. Otra con muy buena suerte. No se iba a morir como nosotras.
Nos hizo entrar en la pieza y, con un empujón más, nos metió en el baño, adentro de la bañadera. Nos hizo sentar ahí a las dos.
—Se quedan acá. Calladitas.
Lo dijo marcando cada palabra, como hacía mi mamá cuando me retaba, pero ella estaba mucho más nerviosa y con la cara toda roja. Nos apoyó una mano en la cabeza para que nos agacháramos bien. Justo en ese momento, Flor le agarró la mano y le suplicó:
—Mami, no te vayas, no nos dejes. Vos también quedate, por favor.
Lo dijo llorando tanto que hasta la baba se le caía. La madre le contestó que no podía. También lloraba, pero menos. Le agarró la carita con las dos manos, le dijo que la quería y que le hiciera caso. Después me miró a mí y me sonrió. Nos volvió a decir que no importaba lo que escucháramos, no podíamos salir de ahí hasta que ella volviera a buscarnos.
Corrió la cortina, cerró la puerta del baño y la oímos cerrar también la del cuarto. Después, sus pasos rápidos por el pasillo.
Nos quedamos solitas.
Los que venían todavía no habían llegado, pero seguro no tardaban. ¿Eran personas? ¿Quiénes eran? ¿Qué iba a pasar cuando llegaran? Seguía sin entender nada. Pero sabía que nos íbamos a morir.
Por suerte ninguna había soltado a las muñecas cuando empezó todo. Flor tenía su Barbie y yo mi Sindy articulada. No me habían podido comprar una Barbie porque era más cara, estaba de moda. Mamá me explicó que era lo mismo, que podía jugar igual, y tenía razón. Sindy hacía lo mismo que Barbie, pero tenía el pelo más cortito y no era tan flaca escuálida. A mí me parecía más linda.
Entonces empezaron los golpes.
Habían llegado.
Sin darme cuenta estaba estrujando demasiado a Sindy. No la quería lastimar, pero el miedo me hacía imaginar a los que venían como monstruos verdes y pegajosos o extraterrestres como los de la película que vimos la semana pasada, esa de los encuentros cercanos del tercer tipo. Pero ahí los extraterrestres eran buenos. Los que venían, seguro que no.
Los gritos y los golpes se hicieron más fuertes cuando los escuchamos entrar. Ahí fue un desastre. Gritaban insultos que no puedo repetir porque no está bien que yo los diga. Les decían cosas muy feas a los papás de Florencia, que ahora también gritaban.
Los estaban lastimando mucho.
Flor soltó la muñeca y se tapó la boca y los ojos, que parecían que se le iban a salir de la cara de tanto abrirlos. Yo la abracé. No me aguantaba más.
Quería que aparecieran mamá y papá, pero esa noche me habían invitado a dormir ahí y hasta mañana no se iban a enterar de nada. Encima ni teléfono teníamos en casa. Papá lo había pedido un montón de veces y los de Entel siempre decían que pronto llegaban a nuestra cuadra, pero nunca llegaban.
Me puse a rezar. Si me iba a morir, por lo menos que fuera rezando. Pero justo ahora, que más lo necesitaba, me olvidé el Padre Nuestro. Se me mezclaba todo. Le pedí perdón a Jesús, a Dios y por las dudas también a la Virgen María, para que hicieran de cuenta que lo que estaba rezando medio raro valía igual, si no, estaba frita.
Se escuchaba cómo rompían todo y Florencia parecía acompañar cada golpe, cada ruido, con su cuerpo. Se agitaba, tenía sobresaltos. Tiraban muebles, rompían vidrios. Seguro que era todo un desastre. Pobre Ramona todo lo que iba a tener que limpiar. Igual, lo malo, lo peor de todo, era que cada vez se los escuchaba más cerca. Los que venían estaban viniendo para acá.
No me quería morir. Todavía no. Estaba por cumplir siete años. Era poquito tiempo de vida. Bueno, en realidad no me quería morir nunca, pero ahora me parecía demasiado pronto. Yo ya sabía que, en el cielo, entre las nubes, había otra vida, pero primero te tenían que comer los gusanos y yo no quería que me pasara eso a mí. Ni a mamá. Ni a papá. Ni a los abuelos. Ni a Florencia. No se debería tener que morir nadie, pero los que venían parecía que traían otra idea.
Ahora estaban en la cocina. No sé qué buscaban, pero era terrible el ruido de las cosas que tiraban y rompían. La madre de Flor lloraba y pedía que pararan, que no lo lastimaran más, porque parecía que al padre era al que más estaban golpeando. No me tapé los oídos, para no soltar a Florencia, que ahora también me abrazaba a mí.
Volví a pensar en los gusanos. Mi abuela decía algo como: “Total, al final siempre te comen los gusanos”. Yo ya había entendido que hablaba de la muerte. Nunca había visto un muerto, pero me parecía asqueroso y totalmente innecesario que, encima que uno tiene la mala suerte de morirse, después se lo den de comer a los gusanos. ¿Cómo sería eso? ¿Les meterían gusanos en los cajones o se mezclarían con la tierra que les tiran encima? No sé. Era raro. La muerte era rara. No me gustaba nada.
Entraron en la habitación de Ramona. Ya casi estaban acá. Nos quedaba poco tiempo. Temblábamos desesperadas, tratando de no hacer ningún ruido. Lo más agachaditas y calladitas que podíamos estar.
La madre volvió a gritar.
—¡Basta! ¡Ya basta! ¡Por Dios! ¿Qué más quieren?
Y entonces, todo a la vez, se escuchó un grito distinto, más fuerte, como el alarido de un animal, y el ruido de una patada contra la puerta del baño.
Fue todo junto.
Nos apretamos más fuerte, como sopapas. Casi sin respirar. No podíamos ver nada, pero sentí que alguien estaba parado en la puerta. Y miraba.
No entró.
No sé si la mamá gritó porque la golpearon, o porque vio que abrían el baño, o si quiso asustarlos para que no entraran. No sé. Capaz que fue eso. Capaz que el grito era para nosotras.
—¡Nos vamos! —gritó uno.
Se escucharon pasos y después nada.
Se fueron todos. O eso nos parecía.
Igual nos quedamos ahí, duritas. O casi duritas, porque no dejábamos de temblar. Pasó un rato largo hasta que aflojamos un poco el abrazo. No hablábamos. Nos mirábamos. Atentas a cada ruidito, por más chiquito que fuera. Me parece que ya no nos quedaban lágrimas, porque no llorábamos más.
Esperábamos que la mamá de Flor viniera a buscarnos.
Pero no venía.
Pasó otro rato muy largo. Tan largo que me hice pis. No me aguantaba más. Florencia ya se había hecho antes, cuando escuchamos el último grito de la mamá, así que no me podía decir nada. Ni una sola burla. Yo tampoco le había dicho nada a ella.
Seguimos esperando.
Nada.
Flor habló bajito. Tan bajito que casi no la escuché.
—Quiero llamar a mi mamá —me dijo.
Yo también quería llamar a mi mamá. A la mía y a la de ella. Pero le dije que no. Que no podíamos hablar. Que su mamá había dicho que esperáramos sin hacer ruido y que teníamos que hacerle caso. Que seguro ya iba a venir.
No estaba tan segura, pero igual lo dije.
Un ratito después empezamos a escuchar pasos.
El ruido era distinto. No corrían. Caminaban. Despacito. Pisaban algo que crujía, como si estuvieran pisando vidrios o cosas rotas que deberían estar tiradas por toda la casa.
Nos agarró miedo otra vez.
¿Eran los que venían que habían vuelto?
¿O eran la mamá o el papá de Flor?
Los pasos fueron por el comedor, después por el pasillo. Parecía que era más de una persona. Se detuvieron en la cocina.
Silencio.
Un silencio que hacía más ruido que los golpes de antes.
Después escuchamos voces.
Primero habló una mujer.
—No está. ¿Dónde se habrá metido?
—No se la llevaron. Vi que sacaban a los padres, pero a ella no.
—¡Florencia! ¿Estás acá? Soy Rosa.
—Soy Don Julio, el portero. No tengas miedo.
Flor empezó a gritar y ellos entraron. Nos sacaron de la bañadera, nos abrazaron, nos revisaron por todos lados, nos preguntaban si estábamos bien, todo a la vez y, nosotras, que habíamos recuperado las lágrimas, no podíamos hablar de cómo llorábamos. Nos llevaron a su casa.
Esa noche no nos morimos.
Nunca más volvimos a ver a los padres de Florencia.
Yo nunca más volví a tener tanto miedo.

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