
El grito del hombre se apaga bajo el estruendo del tren. Por un segundo, todo se congela. Luego, estalla el griterío. Alguien solloza, otro insulta, muchos retroceden.
—No. No fue mi culpa. No podía hacer nada.
La ciudad zumba. El tren se ha ido, la gente murmura. Mis manos tiemblan.
—Se cayó solo.
«¿Seguro? ¿No lo empujaste? ¿Ni siquiera un poco?»
El altavoz cruje. Una voz metálica llena la estación:
—Le prochain train arrive dans cinq minutes. Veuillez rester derrière la ligne jaune.
No entiendo. No entiendo nada.
—No lo empujé.
«Pero estabas ahí. Tan cerca.»
Miro la palma de mis manos. Un resto de su abrigo quedó en una de mis uñas.
—No hice nada.
«Entonces, ¿por qué corrés?»

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