Vas a llegar a la escena antes que nadie. El patrullero, sin luces, estará estacionado a mitad de cuadra y el silencio del barrio te resultará extraño: ni un perro ni una radio encendida. El edificio olerá a encierro. Subirás por la escalera; el ascensor estará detenido, con la luz parpadeando.

La puerta del 3º B estará apenas entornada, sin marcas visibles. Vas a entrar y el aire será espeso y tibio, como si alguien acabara de irse. El cuerpo estará junto al sofá, con un disparo limpio en el pecho y los ojos abiertos. Todo demasiado ordenado.

Sentirás que alguien más está ahí, pero no vas a ver a nadie. La taza sobre la mesa seguirá humeando. Te acercarás. Entonces verás tu reloj en la muñeca del muerto, la camisa azul, el anillo en la mano izquierda. Retrocederás. Te mirarás las manos y no las vas a sentir.

Buscarás tu reflejo en el espejo del pasillo y no vas a estar.

No habrá huellas tuyas. Ni sombra. Ni ruido.

Ningún lugar.


Suscribite a Umbrales de Tinta

Si te gustó este relato, podés suscribirte para recibir nuevos cuentos y minificciones cada vez que se publiquen.


Comentarios

Deja un comentario